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¿Estamos formando cineastas para una industria que no puede darles trabajo?

7 oct
5 min de lectura


El auge de las escuelas de cine en México contrasta con algo de lo que hablamos mucho menos: la dificultad de vivir de hacer cine.

Cada vez hay más lugares donde estudiar. Universidades públicas y privadas, escuelas independientes, talleres, diplomados, cursos en línea. Hay más personas aprendiendo dirección, fotografía, edición, guion y producción, y eso, en principio, debería ser una buena noticia.

Pero hay una pregunta que pocas veces aparece en la publicidad de las escuelas: ¿qué sucede con sus estudiantes cuando terminan de estudiar?

El Anuario Estadístico de Cine Mexicano 2024 registró 140 centros educativos que impartían formación cinematográfica y audiovisual, además de 331 programas y 1,571 cursos, talleres, diplomados y clases magistrales. Son cifras que hablan de un ecosistema educativo amplio y mucho más accesible que hace algunas décadas.

El problema es que esos números no nos dicen cuántas de las personas que se están formando consiguen después un trabajo estable, cuánto tardan en encontrarlo, cuánto ganan o cuántas terminan dedicándose a otra cosa. Y que pasa con estas personas si se enferman? tienen seguro? tienen ahorros? ¿se pudieron permitir pagar un seguro de gastos medicos mayores a lo largo del año con constancia?

Y aquí aparece una contradicción que me parece importante discutir: ¿está creciendo el campo laboral al mismo ritmo que la oferta educativa?

Aprender cine no significa poder vivir de hacerlo

México produce una cantidad importante de películas y contenidos audiovisuales. En 2024, el IMCINE registró 240 largometrajes mexicanos en distintas etapas de producción y contabilizó 11,945 personas involucradas en actividades de producción cinematográfica y audiovisual.

Pero trabajar en una película no significa necesariamente tener un empleo.

La mayor parte del cine se produce por proyectos. Una persona puede trabajar intensamente durante unas semanas y pasar después meses buscando el siguiente contrato. Puede acumular créditos y experiencia sin tener ingresos regulares, seguridad social o siquiera la posibilidad de saber cuándo volverá a trabajar.

El crecimiento de la producción tampoco garantiza mejores condiciones laborales.

En 2025, datos de los Censos Económicos citados por Expansión señalaron que el personal ocupado en la industria fílmica pasó de 47,956 personas en 2018 a 39,117 en 2023, una reducción cercana al 18.4 %. El dato no representa a todo el audiovisual mexicano ni permite saber qué ocurrió específicamente con los egresados de las escuelas de cine, pero sí plantea una pregunta difícil: ¿cómo puede crecer la formación mientras el empleo registrado en el sector se contrae?

No tenemos suficiente información para responderla con precisión. Y ese es precisamente parte del problema.

¿Y si la salida termina siendo hacer publicidad?

No hay nada malo en trabajar en publicidad. Tampoco en hacer contenido para marcas, videos corporativos o redes sociales. Son trabajos audiovisuales que requieren conocimientos, creatividad y oficio, y para muchas personas representan una forma legítima de ganarse la vida.

Lo que resulta interesante es que esa sea una de las principales salidas económicas para quienes estudiaron cine.

Yo, por ejemplo, jamás he hecho publicidad. Y la mayoría de las veces me las veo dificiles.

No lo digo como una postura moral ni porque crea que hacer comerciales convierte a alguien en menos cineasta. Lo digo porque existe una diferencia entre elegir una trayectoria profesional y verse empujado hacia ella porque las otras opciones son demasiado escasas o inestables.

Quien estudió cine porque quería hacer documentales, ficción o cine experimental puede terminar pasando la mayor parte de su tiempo produciendo contenido para otros. No necesariamente porque haya cambiado de intereses, sino porque necesita pagar la renta.

Y entonces aparece una pregunta todavía más incómoda: ¿qué estamos enseñando cuando formamos a alguien durante cuatro o cinco años para una profesión que quizá no podrá ejercer en las condiciones que imaginaba?


El dinero tampoco alcanza para todos

La respuesta tampoco puede ser simplemente producir más películas.

México necesita fondos públicos para sostener un cine que el mercado comercial difícilmente financiaría. FOCINE, EFICINE y otros mecanismos han permitido que existan documentales, óperas primas, cine experimental y proyectos de comunidades que de otra manera tendrían muy pocas posibilidades.

Pero los recursos son limitados y no alcanzan para garantizar una trayectoria profesional a todas las personas que trabajan en el sector.

En 2025, EFICINE destinó alrededor de 814 millones de pesos entre producción y distribución. Es una cantidad importante, pero representa proyectos seleccionados, no una fuente permanente de ingresos para los miles de profesionales que forman parte del audiovisual mexicano.

Además, conseguir dinero para hacer una película no resuelve necesariamente lo que ocurre después. Todavía hay que distribuirla, exhibirla, encontrar públicos y conseguir recursos para la siguiente.

Una industria puede producir más películas y seguir teniendo trabajadores precarizados.

Puede recibir más inversión y no necesariamente ofrecer continuidad.

Puede formar a más personas y no tener suficientes lugares donde esas personas puedan desarrollar una carrera.


Y ahora llega la inteligencia artificial

A todo esto se suma una transformación que todavía no sabemos dimensionar.

Las herramientas de inteligencia artificial ya permiten generar imágenes y video, producir voces, subtitular, traducir, transcribir, limpiar audio y acelerar distintos procesos de posproducción. Para equipos pequeños pueden ser herramientas extraordinarias.

Pero también pueden utilizarse para hacer con tres personas el trabajo que antes requería diez, o para pagar menos por trabajos que antes necesitaban varias especialidades.

No significa que la inteligencia artificial vaya a sustituir automáticamente a quienes trabajan en cine. El cine sigue necesitando decisiones, sensibilidad, experiencia, relaciones humanas y una mirada.

La pregunta es quién se quedará con el beneficio de hacer más con menos.

Si la tecnología aumenta la productividad, podríamos trabajar menos y tener más tiempo para crear. También podríamos terminar trabajando más por menos dinero porque ahora se espera que una sola persona haga lo que antes correspondía a varias.

La tecnología no va a resolver por sí misma un problema laboral que ya existía.


Entonces, ¿qué deberían ofrecer las escuelas?

No creo que la respuesta sea cerrar escuelas de cine ni decirle a la gente que deje de estudiar.

Tampoco creo que una formación artística tenga que justificarse únicamente porque garantiza empleo. Estudiar cine puede transformar la manera en que una persona observa el mundo, desarrolla pensamiento crítico y encuentra una forma propia de expresarse.

Pero una institución que ofrece una formación profesional debería hablar con honestidad sobre el mundo al que están entrando sus estudiantes.

No basta con enseñarles a hacer una película. También habría que hablar de cómo se financia, cómo se distribuye, cómo se negocian los honorarios, qué derechos tiene un trabajador, qué posibilidades reales existen para desarrollar una carrera y qué sucede cuando no hay un proyecto en producción.

Y necesitamos mejores datos.

¿Cuántas personas egresadas de cine trabajan realmente en el sector? ¿Cuántas viven exclusivamente de ello? ¿Cuántas combinan cine con publicidad, docencia, manejar uber u otros trabajos? ¿Cuántas abandonan el campo después de algunos años?

Hoy no tenemos respuestas suficientemente claras.


No necesitamos menos cineastas

No quiero un país con menos personas interesadas en hacer cine.

Quiero un país donde esas personas puedan ejercer el oficio sin que su permanencia dependa de tener una familia que las sostenga, aceptar años de trabajo gratuito o abandonar sus propios proyectos para sobrevivir.

Quizá el problema no sea que haya demasiadas escuelas de cine.

Quizá el problema sea que hemos expandido enormemente la posibilidad de aprender a hacer cine sin haber construido, al mismo tiempo, suficientes condiciones para vivir de hacerlo y un público que lo consuma y lo pague.

Y eso debería preocuparnos.

Porque detrás de cada nueva generación que entra a una escuela hay personas que están apostando tiempo, dinero y años de su vida por un oficio.

No deberíamos decirles que todo será fácil.

Pero tampoco deberíamos conformarnos con que, después de enseñarles a hacer películas, la única respuesta disponible sea: ahora busca la manera de sobrevivir.

La formación abre una puerta. Lo que todavía tenemos pendiente es construir qué hay del otro lado.

 
 
 

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