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¿A tu película ya la chupó el diablo?

hace 1 día
6 min de lectura

En mi juventud temprana, por ahi de los 80s, decíamos asi cuando algo ya habia sido usado, ya estaba gastado, ya se te habia caido un pan al piso y ya nadie se lo iba a querer comer, asi me siento cuando aplico a un festival y me piden "estreno".



Somos más de ocho mil millones de personas en el mundo.

Más de 130 millones en México.

Y alrededor de 20 millones de personas viven en el área urbana de Ciudad de México.

Somos muchísimos.

Tantos que uno pensaría que encontrar a unas cuantas personas que quieran ver una película no debería ser el problema.

Pero a veces parece que sí.

Porque puedes pasar cinco años haciendo una película. O seis. O siete.

Puedes escribirla, buscar dinero, perder dinero, volver a buscarlo, filmar, editar, corregir, volver a editar, pelearte con el montaje, enamorarte otra vez de una escena, quitarla, reconstruirla, terminarla.

Puedes llegar finalmente a ese momento extraño en el que dices:

ya está.

La película existe.

Y entonces llega el circuito de festivales.

Y descubres que quizá no puedes enseñársela a nadie.

Bueno, a casi nadie.

Porque si la proyectaste una vez, en una sala pequeña, y fueron treinta personas, quizá ya perdiste una condición de estreno.

Treinta personas.

De esas, probablemente diez eran tu familia.

Cinco eran tus amigas.

Tres llegaron porque alguien les dijo que había una película.

Dos eran las personas que hicieron la foto del cartel.

Y las demás simplemente estaban ahí.

Pero, técnicamente, la película ya fue vista.

Y entonces otro festival puede decirte que ya no.

Porque ya no es estreno mundial.

O nacional.

O local.

O regional.

O porque alguien, en algún lugar, ya pudo sentarse durante 71 minutos a mirar aquello que te tomó años conseguir.

Es una cosa extraña.

Vivimos en un planeta de más de ocho mil millones de personas y todavía podemos terminar protegiendo una película de ser vista.

Como si el gran peligro del cine fuera que demasiada gente llegara a conocerlo.

Entiendo por qué existen los estrenos.

Un festival puede querer ofrecer a su público algo que nunca antes se haya visto en esa ciudad. Puede querer diferenciar su programación, atraer prensa, compradores, profesionales de la industria. Los festivales más grandes han construido parte de su identidad alrededor de esa exclusividad.

Eso existe.

Y tiene sentido dentro de ciertas lógicas de programación.

Lo que me cuesta entender es cuando esa lógica empieza a convertirse en una especie de religión.

La película debe permanecer intacta.

No debe mostrarse demasiado.

No debe circular todavía.

No debe llegar aquí porque ya llegó allá.

No debe verla demasiada gente antes de que nosotros podamos decir que fuimos los primeros.

Y mientras tanto, la película espera.

Espera al siguiente festival.

Al siguiente cierre de convocatoria.

A la siguiente respuesta.

A la siguiente oportunidad.

Y después a la siguiente.

Mientras tanto, el tiempo pasa.

Y una película que podría estar encontrando espectadores permanece guardada en un disco duro, esperando conservar una palabra que quizá muy pocas personas fuera del circuito de festivales conocen: premiere.

Lo curioso es que ni siquiera parece ser una regla universal.

En una investigación publicada en 2025, Stephen Follows revisó las reglas de 10,549 festivales de cine.

El resultado fue bastante revelador: 9,894 festivales, el 93.8%, no imponían ninguna restricción de estreno.

Solo 26 exigían estreno mundial.

243, estreno nacional.

Y 386, algún tipo de estreno local o regional.

Es decir: la enorme mayoría de los festivales estudiados no necesitaba que la película llegara virgen, recién salida de la caja, sin que nadie en el mundo hubiera tenido la oportunidad de verla.

Eso no significa que el estreno no importe.

Significa algo más sencillo:

hay otras maneras de hacer circular una película.

Y quizá deberíamos hablar más de ellas.

Porque también hay una contradicción que me inquieta.

Una película necesita público para existir plenamente.

No solamente espectadores.

Necesita conversaciones.

Necesita personas que salgan de una sala y quieran hablar de ella.

Necesita alguien que diga “ve esto”.

Necesita que una película viaje de una ciudad a otra.

Que una persona que nunca conoció a quien la hizo pueda encontrarse con ella.

Que una película pueda aparecer en un cine pequeño, en un cineclub, en una universidad, en una plaza, en una biblioteca, en un festival de barrio, en una sala de otra ciudad, en otro país.

Que pueda vivir.

Y, sin embargo, ciertas reglas del circuito pueden convertir cada proyección en una decisión estratégica:

si la muestro aquí, quizá pierda allá.

Así, la película deja de preguntarse dónde puede ser vista y empieza a preguntarse dónde puede permitirse ser vista.

Eso es muy distinto.

Y hay algo todavía más extraño.

La mayoría de las películas que hacemos no son películas que el mundo esté esperando.

No tenemos detrás una maquinaria publicitaria que vaya a conseguir que millones de personas hablen de ellas.

No tenemos cientos de periodistas esperando nuestro estreno.

No tenemos campañas internacionales.

No tenemos salas aseguradas.

No tenemos espectadores garantizados.

Muchas veces tenemos una película.

Y unas cuantas personas tratando de encontrarle un lugar.

Por eso me cuesta pensar que una proyección para treinta, cincuenta o cien personas sea una amenaza.

A veces es, precisamente, el comienzo.

También es cierto que las reglas de estreno sí pueden cerrar puertas.

IDFA, por ejemplo, establece requisitos de estreno distintos según sus secciones: algunas aceptan premieres neerlandesas, mientras que determinadas competencias requieren estreno mundial, internacional o europeo.

Y algunos de los grandes festivales mantienen restricciones especialmente fuertes sobre películas que ya tuvieron exhibición pública o presencia en internet.

Eso tiene consecuencias muy concretas para una película pequeña.

Una proyección que para nosotros significa:

“por fin alguien la vio”

puede significar para otro festival:

“ya no podemos programarla”.

Y entonces aparece una paradoja bastante dolorosa.

El cineasta necesita mostrar su película para construir público.

Pero mostrarla puede reducir las posibilidades de entrar a ciertos festivales.

Así que, para proteger una posibilidad futura, muchas veces termina sacrificando espectadores presentes.

No creo que necesitemos fingir que eso no tiene un costo.

Y quizá el problema no sea solamente el estreno.

Quizá sea la manera en que hemos aprendido a medir el valor de una película.

Una película parece valer más cuando nadie la ha visto.

Una película parece más especial cuando puede decir “estreno mundial”.

Una película parece más importante si llega primero a determinada ciudad, determinada sala, determinado festival.

Pero una película también puede ser importante porque alguien la vio.

Porque alguien se reconoció en ella.

Porque alguien salió de la sala pensando algo que no pensaba antes.

Porque provocó una conversación.

Porque una persona que jamás habría encontrado esa película consiguió encontrarla.

Porque alguien, muchos años después, todavía recuerda una escena.

Eso también es circulación.

Eso también es cine.

No quiero que desaparezcan los estrenos.

Quiero que dejemos de confundir exclusividad con vida.

Una película no se vuelve menos película porque treinta personas la hayan visto.

No pierde su capacidad de conmover porque alguien en una ciudad pequeña haya tenido la oportunidad de encontrarla antes que un programador.

No debería ser un desperdicio que una comunidad la haya recibido.

Al contrario.

Quizá deberíamos celebrar que una película consiguió llegar a alguien.

Aunque fueran treinta personas.

Aunque fueran cincuenta.

Aunque una de ellas fuera tu mamá.

Porque detrás de cada película hay alguien que pasó años intentando hacerla existir.

Y me parece un poco cruel que, después de conseguirlo, le digamos:

ahora guárdala.

Todavía no.

No la enseñes demasiado.

Espera.

Cuida el estreno.

Protege la posibilidad de que algún día alguien importante pueda verla.

Mientras tanto, nadie la ve.

En un mundo de más de ocho mil millones de personas, me sigue pareciendo una idea extraña:

que una película pueda quedar fuera de una sala porque ya consiguió llegar a otra.

Que una película pueda ser considerada demasiado vista cuando quizá la han visto cincuenta personas.

Que cinco, seis o siete años de trabajo puedan terminar reducidos a una casilla:

¿Tuvo estreno?

Sí.

Entonces ya no.

No sé.

Quizá necesitamos menos miedo a que las películas circulen.

Quizá necesitamos más lugares donde puedan aparecer.

Más cineclubes.

Más salas pequeñas.

Más festivales que quieran descubrir películas aunque ya hayan sido vistas en otra parte.

Más programadores interesados en lo que una película puede provocar y no solamente en la etiqueta que puede ponerle.

Más espectadores.

Muchos más.

Porque las películas no fueron hechas para permanecer vírgenes.

Fueron hechas para encontrarse con alguien.

Y ocho mil millones de personas me parecen suficientes para empezar.

 
 
 

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