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¿Quién se beneficia del dolor de Gaza? El caso de NAZA

hace 5 días
3 min de lectura

Hay algo que me incomoda profundamente de la trayectoria comercial de NAZA, el documental sobre los mecanismos militares utilizados por Israel en Gaza.


No se trata de negar la importancia de sus testimonios ni de cuestionar que dos cineastas israelíes denuncien las acciones de su propio país. Se trata de mirar también lo que ocurre cuando el sufrimiento de un pueblo se convierte en una película premiada, distribuida internacionalmente y exhibida en salas comerciales.


Sus directores, Yuval Abraham y Rachel Szor, ambos israelíes, realizaron el documental con la producción de The Guardian. La película ganó el Premio Especial del Jurado en Venecia y consiguió distribución cinematográfica en más de 50 territorios, en colaboración con MK2 Films. No estamos hablando de una obra que haya quedado fuera de los circuitos comerciales: su recorrido internacional es parte central de su lanzamiento.


El 24 de septiembre, varios medios publicaron el anuncio de que NAZA estaría disponible gratuitamente en internet a finales de noviembre. Esa fue la promesa difundida públicamente. La película, sin embargo, continúa su recorrido por las salas de cine y todavía no está disponible gratuitamente en la plataforma anunciada.


¿Es legítimo que una película sobre una tragedia humana tenga distribución comercial y genere miles de millones? Por supuesto. Hacer cine cuesta dinero, y denunciar la violencia no significa renunciar automáticamente a cobrar por el trabajo realizado.


Pero el tema no termina ahí.


¿Qué significa prometer acceso gratuito cuando, antes de hacerlo efectivo, la película recorre festivales, salas comerciales y mercados internacionales? ¿Quién se beneficia económicamente y moralmente de ese recorrido? ¿Qué parte de los ingresos llega, si llega alguna, a las personas afectadas por aquello que la película denuncia?


La taquilla ya no es una cuestión hipotética. Se han publicado cifras millonarias de recaudación internacional. Pero recaudar no es lo mismo que obtener ganancias: habría que conocer los costes, los acuerdos de distribución y el reparto de los ingresos para saber quién recibe qué.


Precisamente por eso, considero legítimo preguntar si existe un compromiso económico con la población palestina. ¿Hay donaciones? ¿Se ha anunciado algún mecanismo de apoyo? ¿Existe transparencia sobre el destino de los recursos generados por la película?


No he encontrado información verificable que permita afirmar que no se haya donado nada. Pero tampoco he encontrado, en las fuentes consultadas, un desglose público de las ganancias y de su posible destino. La pregunta sigue abierta.


También importa la nacionalidad de quienes cuentan la historia, aunque no por las razones más simples. Que los realizadores sean israelíes no invalida su denuncia. De hecho, examinar críticamente las acciones del propio Estado puede tener un valor periodístico y político considerable. Sin embargo, su posición también vuelve pertinente preguntar cómo se relacionan el testimonio, el prestigio internacional, la distribución y el beneficio económico.


No quiero que el dolor de Gaza y los actos abominables de Israel se convierta en un recurso narrativo cuyo valor moral se dé por sentado mientras dejamos de hacer preguntas sobre su explotación comercial.


Si el propósito es que el mundo conozca lo que ocurre, el acceso gratuito anunciado es importante. Si el propósito es contribuir a la discusión pública, también lo es explicar qué compromisos acompañan a la circulación de la película.


No afirmo que sus realizadores hayan actuado de mala fe ni que estén lucrando personalmente con cada dólar recaudado. No tenemos datos suficientes para sostenerlo. Lo que sí sabemos es que existe un circuito comercial y que se han publicado cifras importantes de taquilla.


Por eso quiero preguntar:


¿Quién se beneficia del dolor de Gaza? ¿Quién obtiene prestigio, oportunidades y recursos al convertir ese dolor en una película? ¿Qué responsabilidad existe más allá de mostrar la maldad y el dolor en pantalla?


No basta con recibir premios. Tampoco basta con anunciar que una película será gratuita. Hay que cumplir lo anunciado y, cuando se habla en nombre de una tragedia humana, estar dispuesto a responder preguntas incómodas sobre el dinero, el acceso y la responsabilidad.


Mientras en Gaza la población sigue sufriendo las consecuencias de la guerra, estas preguntas no me parecen secundarias.


El dolor de un pueblo no debería convertirse en una oportunidad de prestigio y rentabilidad sin que podamos preguntar quién obtiene los beneficios y qué hace con ellos.



 
 
 

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