FÉNIX, LA LEYENDA: sobre el trabajo no pagado y el maltrato detrás de una película
Actualizado: hace 6 días
Una película que, después de tres años de trabajo mío y de muchas personas que confiaron en mí, desafortunadamente está destinada a quedarse enlatada. Una película en la que Eleane Oropeza, Angélica J. Ramírez, Deyanira Colín (Yani Colín) y Carlos Cortés (Koot Tukul) me usaron, explotaron mi trabajo, me ghostearon, me hicieron gaslighting, me maltrataron y nunca me pagaron por mi trabajo. Un proceso que llegó al extremo de que, después de meses de conflicto, intentaran incluso apartarme de mi propia película.
Decidí escribir sobre mi experiencia en Fénix, la leyenda porque después de varios años de trabajo considero necesario dejar constancia de lo que ocurrió durante el proceso de realización y postproducción de la película.
No escribo esto desde un conflicto personal. Se trata de una situación profesional que involucró trabajo, contratos, recursos públicos, responsabilidades dentro de una producción y, finalmente, trabajo que no fue remunerado.
Quiero explicar los hechos de la manera más clara posible y dejar registro de mi participación en el proyecto, de las condiciones en las que trabajé y de las razones por las que considero importante hablar públicamente de este caso.
Mi participación en Fénix
Trabajé en Fénix, la leyenda durante aproximadamente tres años.
Participé como directora, fotógrafa y editora, y posteriormente asumí también responsabilidades de coordinación y supervisión de la postproducción. Realicé 17 jornadas de rodaje entre enero de 2022 y febrero de 2024.
Mi trabajo abarcó distintas etapas de la película. Participé en la construcción de la imagen, en la dirección, en el montaje y en los procesos de postproducción necesarios para llevar el proyecto hacia su conclusión.
Cuando el proyecto obtuvo apoyo de PROCINECDMX para la etapa de postproducción, comenzó la contratación del equipo que se encargaría de concluir la película. En ese momento propuse colaboradores con quienes ya había trabajado anteriormente. Las productoras aceptaron a la gente que propuse, sin embargo, después de mucha insistencia, y en contra de mi voluntad, tuve que aceptar que incorporaran a su propio coordinador de postproducción, poco después descubrí que su contrato era por una cantidad exorbitante y muy por encima de lo que vale el trabajo que él iba a realizar, cuando reclamé, me tacharon de loca y de maleducada por cuestionar los manejos del dinero, tengo pruebas de lo que afirmo, incluso me hicieron llegar un contrato falso que supuestamente habian firmado con ese postproductor pero solo venia firmado por una de ellas y no por el proveedor, Ahi empezaron los engaños y trucos.
Existía la necesidad de realizar una nueva edición del corte. Yo propuse contratar un editor, pero debido a los tiempos de entrega, se me pidió que asumiera personalmente esa tarea aunque yo estaba agotada por editar el corte con el que concursamos y ganamos y no deseaba hacerlo de nuevo, pero me dijeron "no hay tiempo, hay dinero pero no hay tiempo"
Acepté realizarla bajo el entendido de que se trataba de un trabajo profesional remunerado.
La exigencia fue particularmente intensa: se me pidió entregar el corte en un plazo de aproximadamente dos semanas desde el arranque de los procesos. Realicé la reedición dentro del plazo solicitado y entregué el trabajo. Me maté editando 18 horas diarias, sin pago, me enfermé incluso por tanta presión sobre mi.
Después de la entrega se me informó que no recibiría un pago y que mi trabajo sería considerado una aportación a la película. Posteriormente se intentó formalizar esa situación mediante documentación que establecía, incluso de manera retroactiva, que yo había donado ese trabajo.
No estuve de acuerdo con esa interpretación.
Los contratos
Durante la postproducción solicité reiteradamente contratos que correspondieran con las funciones que estaba realizando.
Las versiones que se me presentaban no siempre reflejaban las condiciones reales de mi participación. En algunos documentos se establecía que determinados trabajos habían sido previamente pagados por otra de las productoras que aportó recursos durante el rodaje o que yo estaba donando mis servicios o que cobraria 3 mil pesos, cuando esas no eran las condiciones bajo las cuales había acordado realizar el trabajo.
También hubo un contrato de coproducción elaborado por una abogada que participé en negociar y que finalmente cumplí. En ese contrato se firmo el acuerdo de respetar un presupuesto para usar el dinero, el cual yo elaboré, firmamos todos. Sin embargo, posteriormente algunas de sus cláusulas fueron desconocidas cuando dejaron de resultar convenientes para las productoras. Hicieron uso de ese contrato para ir a registrar mi pelicula en indautor, ya que yo confie en ellas y accedi a firmar con una clausula que les permitia hacerlo, al final solo usaron el contrato para ir a registrar y omitieron cumplir el resto. Nuevamente me engañaron. Y a la abogada nunca le pagaron lo acordado en el mismo contrato, todo ese dinero que no pagaron a la gente, al final no se si se lo quedaron o que le paso a todo ese dinero.
Mi intención durante todo este proceso fue que las condiciones de trabajo quedaran establecidas por escrito y que el equipo contara con contratos claros.
No ocurrió así.
Mientras tanto, yo continué trabajando.
La postproducción y el equipo
En determinado momento solicité que se retirara al coordinador de postproducción, que yo habia comprobado que estaba cobrando cantidade exorbitantes y asumí personalmente la coordinación del proceso a cambio de un pago modesto.
La idea era que ese trabajo fuera remunerado.
No recibí ese pago.
Al mismo tiempo, insistí en que los demás integrantes del equipo tuvieran contratos y recibieran los anticipos correspondientes. Después de las negociaciones, ellos sí recibieron esos pagos.
Mi propia situación contractual y económica permaneció pendiente.
Esto es importante porque durante ese periodo yo no solamente estaba realizando mi trabajo como directora, fotógrafa y editora. También estaba asumiendo responsabilidades adicionales para que la película pudiera terminarse.
La música
La música fue otro de los puntos en los que tuve diferencias importantes con la producción.
El apoyo de PROCINE contemplaba la necesidad de contar con música original. Sin embargo, cuando llegó el momento de contratar a la compositora, se le pretendía pagar aproximadamente $7,000 pesos por su trabajo de componer, ensayar, grabar y contratar musicos.
Me opuse a esa cantidad porque consideraba que no correspondía al trabajo que se le estaba solicitando ni a las condiciones profesionales de una composición original para un largometraje.
También ocurrió una situación similar con la compositora que participaría en el rap de la película.
En ese caso ademas de regatearle muchisimo el precio de sus servicios, se argumentó que no era posible pagarle porque era una persona de muy bajos recursos y no estaba dada de alta ante Hacienda.
Consideré ese argumento inaceptable.
Que una persona no esté dada de alta ante el SAT no significa que no pueda recibir legalmente un pago por un trabajo artístico. Existen mecanismos administrativos y fiscales para documentar y realizar pagos a colaboradores que se encuentran en esa situación.
No consideré correcto utilizar la situación económica o fiscal de una colaboradora como argumento para dejar de pagarle por su trabajo. Además acudi a pedir asesoria y les notifique que en indautor me dieron 2 opciones viables para pagarle y de manera legal mantener los derechos como marca la ley para la musica de la película. Nunca le pagaron, nos quedamos sin musica, al final le pague de mi bolsa para poder tener yo los derechos de esa pieza que habia sido compuesta y grabada para mi película.
En ambos casos insistí en que las personas que estaban aportando trabajo creativo a la película debían recibir una remuneración digna y formalmente documentada. No lo logré del todo, a la otra compositora si logré que le dieran un contrato y un pago digno.
El presupuesto y los recursos públicos
Durante el proceso también detecté problemas presupuestales que cuestioné directamente.
La postproducción de Fénix, la leyenda recibió $865,000 pesos de PROCINECDMX, dentro de un presupuesto total de $5,056,569.64 pesos.
Tuve acceso al presupuesto que ellas presentaron a PROCINE cuando concursamos y note que ME BORRARON del mismo, omitieron mi nombre y se adjudicaron mis aportes en dos años de rodaje. Como si ellas hubieran pagado y aportado un tercio de los 5 millones que declararon a PROCINE como valor de la produccion. Cuando reclame ni siquiera hubo respuesta, solo silencio.
Al inicio del conflicto, cuando les pedí revisar el presupuesto encontré diferencias que me parecieron importantes, particularmente en los honorarios asignados su coordinador de postproducción y cantidades extrañas como un DVD por 29 mil pesos, tomé capturas de pantalla de todo eso y grabé audio de la videollamada al sospechar que algo estaba turbio.
Solicité cotizaciones externas para comparar algunos de esos costos y encontré diferencias significativas respecto de los precios que se estaban manejando en el proyecto.
Mientras se argumentaba que no había dinero suficiente para pagar determinados trabajos, existían recursos destinados a otros servicios cuyos costos me parecían considerablemente elevados. ¿Habia para pagar sobreprecio a unos, y no habia ni para pagar una cantidad decente a la compositora ni para pagarme a mi por editar la pelicula?
Esto fue especialmente evidente en el caso del coordinador de postproducción incorporado por las "productoras", mientras seguía pendiente la música original y permanecían sin resolver pagos a otros colaboradores.
En paralelo, se me solicitó participar en una operación por $81,000 pesos.
La operación consistía en que yo recibiera el dinero, lo distribuyera entre integrantes del equipo y conservara únicamente $6,000 pesos, correspondientes a mi propio trabajo.
Eso fue lo que hice. Me dijeron que era necesario hacerlo por cumplir con lineamientos del presupuesto presentado a PROCINE, eso también era mentira.
Posteriormente cuestioné la administración de los recursos, la manera en que se estaban distribuyendo y algunas decisiones relacionadas con el presupuesto.
La respuesta fue que, "si no te gusta como manejamos el dinero, lo devolveremos" es decir, si yo continuaba cuestionando esas decisiones, podían declinar el apoyo y devolver los recursos a PROCINE. Para hacerlo, necesitaban que yo devolviera el monto que había recibido para distribuir.
No lo hice. Reparti el dinero entre el equipo de post de audio como adelanto de su salario, tengo comprobantes de eso también.
La presión sobre los tiempos
La mala gestión de los tiempos de postproducción y los constantes reclamos, conflictos, desacreditaciones en mi contra, cuestionamientos de mi salud mental y precariedad economica por la falta de remuneracion por mi trabajo, generó sobre mi una presión insoportable.
Se acumulaban procesos que debían realizarse en periodos muy cortos y, al mismo tiempo, no estaban resueltos los contratos ni los pagos correspondientes.
En mi caso, además, se me pidió realizar una nueva edición del corte en un plazo extremadamente reducido, solo para poder tener holgura en sus entregas finales y cierre financiero, es decir, me presionaron al inicion del proceso para poder hacer su cierre tranquilas y con varias semanas de colchon. Considero un atropello lo anterior, porque además cuando reclame me volvieron a decir que mentia y que no tenia la razón, que no era asi. Gaslighting todo el tiempo.
Durante ese periodo hubo discusiones, gritos, amenazas y situaciones que dificultaron constantemente el trabajo.
La presión llegó a un punto en el que decidí comunicar mi renuncia.
Fue una decisión tomada en un momento de enorme desgaste.
Poco después recibí un mensaje de voz en el que se me dijo que terminarían la película sin mí para cumplir con PROCINE y que después la película sería enlatada y no se estrenaría jamás.
Ante esa situación y aun en crisis emocional y psicológica por lo que estaba pasando, con los 4 en mi contra, decidí reincorporarme.
Volví al proyecto porque me preocupaba la integridad de la película y porque consideraba que abandonar el proceso en ese momento podía dejar el trabajo que habíamos realizado durante años en una situación todavía más complicada.
Continué entonces supervisando y coordinando la postproducción sin contrato y sin recibir remuneración por esas funciones.
El material de trabajo
Durante ese mismo periodo también tuve problemas para acceder al material necesario para continuar con la corrección de color.
El material físico se encontraba en un disco duro que necesitábamos para continuar trabajando. Inicialmente se negó su entrega y se pretendió sustituirla por una descarga en línea.
Técnicamente necesitábamos trabajar con el material correspondiente y no simplemente con una descarga alternativa.
Finalmente, gracias a la intervención de la colorista, pude recuperar el disco y realizar la clonación necesaria para continuar con el proceso.
La retención del material generó retrasos adicionales en una producción que ya estaba trabajando bajo una presión considerable de tiempo.
La entrega final
Una semana aproximadamente antes de la entrega final ocurrió otro cambio importante.
Se solicitó directamente a mi equipo que entregara a las productoras los materiales necesarios para realizar los entregables finales.
Nuestro acuerdo establecía que esa etapa sería realizada bajo mi coordinación.
Mi equipo entregó los materiales porque necesitaba poder cobrar por los trabajos que había realizado.
A partir de ese momento fui excluida del proceso de finalización.
No fui informada de manera adecuada sobre quién terminó la película, qué procedimientos siguió, qué modificaciones se realizaron, con qué materiales se trabajó ni cuál fue exactamente la versión final resultante.
Después de haber dirigido, fotografiado y editado la película y de haber coordinado durante meses su postproducción, dejé de tener información sobre el proceso mediante el cual se concluyó la obra.
El intento de "despido"
Posteriormente recibí un correo en el que se pretendía formalizar mi salida del proyecto mediante un “despido”.
La forma del documento me pareció especialmente significativa.
No se trataba de una relación laboral ordinaria en la que yo hubiera sido contratada como empleada de la producción. Yo era una de las creadoras de la película y había participado en ella como directora, fotógrafa y editora, además de haber asumido funciones de coordinación de postproducción.
Sin embargo, se intentó presentar mi salida como si se tratara de la terminación de una relación laboral entre una empleadora y una empleada.
No acepté esa caracterización de mi participación.
Mi autoría en Fénix, la leyenda está reconocida. El problema que planteo públicamente es otro: las condiciones en las que realicé mi trabajo y la falta de remuneración por funciones profesionales que desempeñé durante el proceso.
Autoría y trabajo profesional
La Ley Federal del Derecho de Autor reconoce al director-realizador y al fotógrafo como autores de una obra audiovisual, además de establecer los derechos morales que corresponden a los autores.
En mi caso, la cuestión no es demostrar que soy autora de la película.
Lo que considero necesario señalar es que la autoría no convierte automáticamente en gratuito todo el trabajo profesional que una persona realiza para una producción.
Durante Fénix, la leyenda desempeñé funciones de dirección, fotografía, edición y coordinación de postproducción. Algunas fueron realizadas durante años y otras bajo condiciones de urgencia provocadas por las fechas de entrega.
La relación entre la autoría de una obra y la remuneración por servicios profesionales son cuestiones diferentes.
La propia legislación distingue entre la autoría y los derechos patrimoniales que pueden corresponder al productor. Los términos de esa relación deben analizarse conforme a los contratos existentes y a las condiciones efectivamente pactadas.
En mi caso, el problema es concreto: realicé trabajo profesional que debía ser remunerado y posteriormente se intentó presentarlo como una aportación gratuita.
No acepté esa condición.
Lo que ocurrió con mi trabajo
Después de años de participar en el proyecto, una parte importante de mi trabajo terminó siendo presentada como una aportación gratuita.
No considero que el hecho de trabajar en cine independiente justifique que los honorarios de una persona puedan desaparecer una vez que el trabajo ya fue realizado.
Tampoco considero adecuado que un trabajo realizado bajo el entendido de que sería remunerado pueda convertirse posteriormente en una donación mediante un documento elaborado después de que el trabajo fue entregado.
Y considero especialmente problemático que, mientras se pedía a otras personas que aceptaran pagos muy bajos o que trabajaran bajo condiciones poco claras, se utilizaran recursos del proyecto para otros servicios cuyos costos eran considerablemente mayores.
Eso fue parte de lo que cuestioné durante la producción.
Lo que ocurrió con otras colaboradoras
Para mí también fue importante defender las condiciones de quienes trabajaron conmigo.
La discusión sobre los honorarios de la compositora y de la persona que realizó el rap no era un asunto menor.
Cuando una producción afirma que no puede pagar a una persona porque no tiene determinada situación fiscal, me parece indispensable buscar una solución administrativa que permita reconocer y pagar legalmente ese trabajo, en lugar de convertir la condición económica de la colaboradora en una razón para obtener su trabajo gratuitamente o por una cantidad simbólica.
Lo mismo ocurrió con la propuesta de pagar $7,000 pesos por la música original.
Me opuse porque considero que quienes realizan trabajo artístico para una película deben poder recibir una remuneración acorde con la responsabilidad y las características del encargo.
No podía exigir contratos y pagos para el equipo y al mismo tiempo permanecer indiferente frente a lo que estaba ocurriendo con otros colaboradores.
El equipo utilizado como escudo
Hay otro aspecto de esta historia que considero necesario señalar: la manera en que mi propio equipo fue involucrado en el conflicto mediante información que, de acuerdo con los convenios y responsabilidades que conozco de PROCINE, no correspondía a la realidad.
A mi codirector y a mi coproductora se les hizo creer que, si algo salía mal con PROCINE, ellos podían ser demandados personalmente por la institución. Se les presentó como propia una responsabilidad que, por lo que establecían los acuerdos del proyecto, correspondía a quienes tenían la representación y responsabilidad administrativa frente al programa.
Mi equipo no tenía experiencia en este tipo de procedimientos. No conocían a detalle los convenios, las obligaciones administrativas ni la manera en que PROCINE establece las responsabilidades de quienes reciben y administran un recurso público. Confiaron en la información que recibieron de quienes sí tenían años de experiencia en la gestión de este tipo de proyectos y conocían perfectamente el terreno institucional en el que estaban trabajando.
Considero que esa diferencia de conocimiento fue utilizada para generarles miedo y para convertirlos, de manera indirecta, en un escudo dentro del conflicto.
Sin embargo, tampoco quiero presentar a mi equipo como un grupo de personas completamente ajenas a lo que ocurrió. Ellos también participaron en decisiones, también fueron testigos de situaciones que ocurrieron durante el proceso y, en distintos momentos, tomaron posiciones que tuvieron consecuencias para mí.
Yo misma recibí de ellos malos tratos, falta de escucha y actitudes que contribuyeron a profundizar el conflicto. Hubo momentos en los que intenté explicar lo que estaba ocurriendo, advertir sobre problemas concretos o plantear soluciones, y mis argumentos fueron desestimados. No quiero borrar esa parte de la historia por el hecho de que posteriormente hayan sido engañados respecto de sus propias responsabilidades ante PROCINE.
Una cosa no cancela la otra.
Puedo reconocer que fueron manipulados mediante información que aprovechaba su desconocimiento y, al mismo tiempo, señalar que ellos fueron responsables de la manera en que decidieron tratarme y de las posiciones que asumieron frente a mí.
Precisamente por eso me parece importante distinguir las responsabilidades.
Quienes administraban y representaban formalmente el proyecto tenían una experiencia y un conocimiento de los procedimientos que mi equipo no tenía. Esa asimetría les daba una ventaja evidente para establecer qué información se transmitía, qué se omitía y qué consecuencias se les hacía creer que podían enfrentar.
Presentarles escenarios legales que no correspondían a sus responsabilidades podía resultar particularmente eficaz para conseguir que actuaran desde el miedo.
Y eso fue lo que ocurrió.
Mi equipo terminó preocupado por una posible responsabilidad personal ante PROCINE y, desde esa preocupación, fue más difícil que escucharan mis advertencias o que cuestionaran determinadas decisiones. En algunos momentos, esa dinámica terminó colocándolos frente a mí, cuando buena parte del conflicto tenía su origen en decisiones que se tomaban en otro nivel de la producción.
Esto no justifica el maltrato que recibí de ellos. Tampoco convierte sus decisiones en irrelevantes.
Pero sí explica una parte de la dinámica que se construyó alrededor de la película.
Cuando personas con poca experiencia en la administración de un proyecto cinematográfico dependen de quienes sí la tienen para comprender sus propias obligaciones, existe una responsabilidad especial de informar con honestidad. Aprovechar esa confianza para infundir temor y obtener respaldo para determinadas posiciones es, a mi juicio, una forma de manipulación.
Mi equipo no fue completamente inocente en lo que ocurrió conmigo. Pero tampoco considero justo que se les haya utilizado como piezas de presión dentro de un conflicto cuyas dimensiones administrativas y contractuales no estaban en condiciones de conocer por sí mismos.
Esta distinción es importante para mí porque no quiero simplificar la historia en buenos y malos.
Hubo personas que me maltrataron, que no quisieron escucharme y que tomaron decisiones que me perjudicaron. Y también hubo personas a las que se les proporcionó información que, por su desconocimiento e ingenuidad respecto de los procedimientos institucionales, podían aceptar como verdadera sin tener las herramientas para comprobarla.
Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Lo que no considero aceptable es que la confianza de un equipo sea utilizada para enfrentar a unas personas contra otras y desplazar hacia quienes tenían menos información las consecuencias de decisiones que correspondían a quienes tenían el control y la experiencia para tomarlas.
Sobre la película y su explotación
Actualmente no estoy autorizando determinadas formas de exhibición y explotación de Fénix, la leyenda, particularmente en relación con una versión cuya etapa final se realizó después de que fui apartada del proceso y sin que pudiera verificar adecuadamente las condiciones en las que se terminó.
Por ello, me reservo los derechos y acciones que legalmente me correspondan respecto de la exhibición, distribución, comunicación pública, modificación y explotación de la obra, de acuerdo con la legislación aplicable y con los contratos existentes.
PROCINECDMX ha sido informado de la situación y, hasta ahora, no he recibido una respuesta que resuelva las cuestiones que he planteado.
También he recibido advertencias sobre la posibilidad de una demanda en mi contra.
Esto no modifica mi posición respecto de los hechos que estoy documentando.
La documentación
Los hechos que aquí relato están respaldados por documentación.
Conservo contratos, propuestas contractuales, correos electrónicos, mensajes de WhatsApp, mensajes de voz, comprobantes, archivos de trabajo, materiales de postproducción y distintas comunicaciones correspondientes a las etapas que describo.
Una parte de esta documentación ya ha sido publicada en mis redes y otra permanece bajo mi resguardo para los procedimientos que, en su caso, correspondan.
También existen otras personas que han manifestado haber atravesado situaciones similares durante sus propias colaboraciones con la producción.
Por esta razón, este texto no pretende sustituir una resolución de una autoridad ni presentar como resuelto aquello que todavía puede ser materia de un procedimiento legal.
Su finalidad es dejar constancia pública de mi versión de los hechos y de la documentación que sustenta mi participación en el proyecto.
Por qué decidí hacerlo público
Durante mucho tiempo consideré que estas situaciones debían resolverse exclusivamente dentro del ámbito de la producción.
He llegado a la conclusión de que también es importante hablar de ellas públicamente.
El cine independiente en México depende en gran medida del trabajo de personas que aceptan condiciones difíciles porque quieren que las películas se hagan. En ese contexto se vuelve fácil normalizar los pagos retrasados, los contratos que nunca llegan, las funciones adicionales que no se remuneran, los trabajos que se presentan como “aportaciones” y la idea de que quien realmente quiere hacer cine debe estar dispuesto a absorber los costos.
Yo misma he trabajado muchas veces de esa manera.
Pero una cosa es decidir voluntariamente colaborar con un proyecto sin cobrar, y otra muy distinta es realizar un trabajo profesional bajo el entendido de que será remunerado y que, después de haberlo realizado, se pretenda convertirlo en trabajo gratuito.
Eso fue lo que ocurrió conmigo en Fénix, la leyenda.
Durante aproximadamente tres años puse mi trabajo, mis conocimientos y mi experiencia al servicio de la película. Realicé funciones de dirección, fotografía, edición y coordinación de postproducción. Trabajé bajo presión para cumplir con los tiempos del proyecto. Volví después de haber renunciado para evitar que la película quedara en una situación que consideraba perjudicial. Seguí coordinando la postproducción sin contrato y sin pago. Defendí que otros colaboradores recibieran sus contratos y anticipos. Intervine cuando consideré injustos los pagos propuestos para el trabajo musical.
Y, finalmente, mi propio trabajo quedó sin remunerar y se intentó formalizar esa situación como si hubiera sido una donación.
No estoy dispuesta a normalizarlo.
Tampoco quiero que este texto sea leído como una petición de solidaridad o como una invitación a tomar partido.
Lo escribo porque considero importante que quienes trabajamos en cine podamos hablar también de las condiciones materiales en las que hacemos nuestras películas.
El trabajo cinematográfico tiene valor, incluso cuando se realiza dentro de proyectos independientes.
La dirección tiene valor. La fotografía tiene valor. La edición tiene valor. La composición musical tiene valor. La postproducción tiene valor. La coordinación de un proceso de varios años tiene valor.
Y ese trabajo debe ser reconocido también en términos profesionales y económicos.
Después de todo lo que implicó Fénix, la leyenda, considero necesario dejar esta parte de la historia por escrito.
Mi participación en la película está ahí.
Mi trabajo está ahí.
La documentación del proceso también está ahí.
Y mi decisión de no aceptar como trabajo gratuito aquello que realicé bajo condiciones profesionales es una decisión que sostengo.
Mientras los aspectos contractuales y económicos pendientes no sean resueltos, continuaré defendiendo los derechos que me corresponden y dejando constancia de lo ocurrido.
Sobre el maltrato psicológico y las formas de exclusión
Hay otra dimensión de esta experiencia que considero necesario dejar registrada: la forma en que fui tratada durante distintos momentos del proceso.
A lo largo de la producción y, especialmente, durante la postproducción, recibí mensajes de texto, audios y comunicaciones en las que mi trabajo y mis cuestionamientos eran minimizados, se ponía en duda mi percepción de lo que estaba ocurriendo y, en algunos casos, se me llegó a descalificar personalmente, incluso haciendo referencias a mi salud mental o presentándome como una persona enferma o incapaz de tomar decisiones.
También hubo momentos de exclusión deliberada de conversaciones y decisiones relacionadas con la película, aun cuando mi participación en ellas había sido previamente acordada y yo tenía responsabilidades directas sobre el proceso. En ocasiones dejé de recibir información que necesitaba para realizar mi trabajo; en otras, las decisiones se tomaron sin consultarme y posteriormente tuve conocimiento de ellas por terceros o cuando ya habían sido ejecutadas.
Hubo además periodos de silencio y desaparición de las comunicaciones —lo que comúnmente se denomina ghosting— después de conversaciones en las que había planteado asuntos concretos sobre contratos, pagos, responsabilidades o decisiones de producción. A esto se sumaron cambios de versión, omisiones de información, compromisos que posteriormente fueron negados o modificados y situaciones en las que se me proporcionó información incompleta o distinta de la que después pude comprobar.
No considero necesario atribuir una intención psicológica a cada uno de estos actos para señalar sus efectos. Cuando una persona plantea reiteradamente una preocupación concreta y recibe como respuesta que está exagerando, que está interpretando mal las cosas, que el problema está en ella o que su capacidad para percibir la situación es cuestionable, se produce una dinámica que termina desplazando la discusión del problema real hacia la persona que lo señala.
Eso ocurrió en distintos momentos durante mi participación en Fénix, la leyenda.
Conservo comunicaciones escritas y mensajes de voz que documentan parte de estas situaciones. No considero necesario reproducirlos todos públicamente. Algunos forman parte de la documentación que he conservado para los procedimientos correspondientes.
Quiero señalarlo porque el maltrato dentro de un proceso cinematográfico no necesariamente ocurre mediante un único acto evidente. También puede manifestarse en la manera en que se desautoriza a una persona, se le retira información, se le excluye de decisiones, se modifican acuerdos, se ignoran sus comunicaciones o se cuestiona constantemente su percepción de los hechos.
En mi caso, estas dinámicas ocurrieron mientras al mismo tiempo realizaba trabajo profesional, asumía responsabilidades dentro de la película y trataba de resolver problemas concretos de producción y postproducción.
No considero aceptable que el desacuerdo profesional sea utilizado para descalificar personalmente a quien plantea preguntas, ni que la presión propia de una producción cinematográfica sirva para justificar formas de trato que deterioran la dignidad y las condiciones de trabajo de quienes participan en ella.
Por eso también considero importante dejar constancia de esta parte del proceso. No para convertir el conflicto en una discusión personal, sino porque las condiciones psicológicas en las que se desarrolla el trabajo también forman parte de las condiciones laborales y profesionales de una producción.
Y porque el hecho de que una persona termine dudando de su propia percepción después de meses de contradicciones, silencios, exclusiones y descalificaciones no significa que aquello que señaló dejara de existir.
En mi caso, la documentación del proceso me permite distinguir entre una percepción personal y hechos que pueden ser comprobados.
Lo ocurrido en la junta de avenencia ante INDAUTOR
En mayo de 2026 se llevó a cabo una junta de avenencia ante el Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR), a propósito del conflicto relacionado con Fénix, la leyenda.
Considero importante dejar constancia de lo que ocurrió en esa reunión porque fue una experiencia particularmente reveladora sobre la manera en que se estaba abordando el conflicto.
Durante la junta decidí no intervenir verbalmente. No pronuncié una sola palabra. Mi intención era escuchar y permitir que la instancia cumpliera con su propósito: propiciar un espacio para que las partes pudieran plantear sus posiciones y, eventualmente, encontrar una solución.
Sin embargo, la reunión no se desarrolló de esa manera.
En lugar de presentarme una propuesta de acuerdo o plantear alguna alternativa para resolver los asuntos pendientes, la representación de D-Raíz Producciones utilizó buena parte de la reunión para hacerme saber qué cosas, según ellas, tenía prohibido hacer y para afirmar que yo estaba fuera del proyecto.
Es decir, no recibí una propuesta de conciliación. Recibí una serie de advertencias, prohibiciones y afirmaciones sobre mi supuesta salida del proyecto.
Me resultó particularmente extraño que una junta de avenencia, cuyo sentido es precisamente buscar una posibilidad de acuerdo entre las partes, fuera utilizada de esa manera. Incluso el gestor que se encontraba presente manifestó su molestia ante lo que estaba ocurriendo.
Yo permanecí en silencio durante toda la reunión.
No porque no tuviera qué decir, ni porque aceptara lo que se estaba afirmando, sino porque consideré que no correspondía convertir una instancia de conciliación en una confrontación y preferí que quedara constancia de lo que las otras partes decidieran expresar sin entrar en una discusión personal.
También considero importante señalar que afirmar en esa reunión que yo estaba “fuera del proyecto” no resuelve por sí mismo las cuestiones que dieron origen al conflicto. Una declaración de esa naturaleza no sustituye los acuerdos existentes, los contratos, las obligaciones pendientes ni los derechos que puedan corresponder a cada una de las personas que participaron en la creación de la obra.
Mucho menos resuelve el hecho de que durante años realicé trabajo profesional para la película bajo determinadas condiciones y que existen diferencias pendientes respecto de la forma en que ese trabajo fue remunerado y reconocido contractualmente.
La junta terminó sin que se me hiciera una propuesta de acuerdo que permitiera resolver esas cuestiones.
Para mí, este episodio es importante porque demuestra que antes de hacer público este caso también existió un intento de llevarlo a una instancia institucional. Yo acudí. Escuché. No confronté. No hubo un acuerdo porque, sencillamente, no hubo una propuesta de acuerdo que discutir.
No considero que una instancia de conciliación deba utilizarse para amedrentar a una de las partes o para comunicarle unilateralmente decisiones que pretenden darse por definitivas. Si existe un conflicto sobre derechos, obligaciones, contratos o explotación de una obra, corresponde discutirlo y resolverlo por las vías que establece la ley, no simplemente anunciar que una de las partes queda excluida.
Conservo la documentación correspondiente a este procedimiento y, como en el resto de este caso, me reservo los derechos y acciones que legalmente puedan corresponderme.
Dejo constancia de lo ocurrido porque también forma parte de la historia de Fénix, la leyenda y de los distintos intentos que hice para que este conflicto pudiera resolverse de manera formal.
Las denuncias y las medidas en mi contra
Después de que hice públicos los problemas que habían ocurrido durante la producción y postproducción de Fénix, la leyenda, Deyanira Colín (Yani Colín), Carlos Cortés (Koot Tukul), Angélica J. Ramírez y Eleane Oropeza, en representación de D-Raíz Producciones, publicaron un comunicado en el que afirmaron que yo los había amenazado y manifestaron que temían por sus vidas.
Niego categóricamente haber realizado las amenazas a las que se refiere ese comunicado. No he amenazado a ninguna de estas personas y, hasta donde tengo conocimiento, no existe evidencia que pueda acreditar que dichas amenazas hayan ocurrido.
Posteriormente anunciaron que acudirían a la Fiscalía para iniciar una investigación en mi contra. Lo hicieron.
Actualmente cuento con tres notificaciones relacionadas con carpetas de investigación iniciadas en mi contra, así como con medidas u órdenes de restricción. Se trata de procedimientos abiertos que continúan su curso y respecto de los cuales, por supuesto, ejerceré mi derecho de defensa y presentaré los elementos que correspondan.
No voy a adelantar aquí conclusiones sobre esos procedimientos ni pretendo sustituir con este texto el trabajo de las autoridades. Precisamente porque se trata de procesos abiertos, será en las instancias correspondientes donde deberán acreditarse las afirmaciones que se han hecho en mi contra.
Lo que sí considero necesario señalar es la dimensión que ha adquirido el conflicto.
Después de años de diferencias relacionadas con mi trabajo, mis contratos, mi remuneración y mi participación en la película, hoy existen recursos institucionales, tiempo y procedimientos legales destinados a sostener acusaciones que niego.
Desconozco cuál sea la finalidad última de llevar el conflicto hasta este punto. No sé si se pretende intimidarme, desacreditarme, presionarme para que abandone determinadas reclamaciones o conseguir que firme algún documento en condiciones que no considero aceptables. No voy a atribuirles una intención que no puedo demostrar.
Lo que sí puedo afirmar es el efecto que este proceso ha tenido: se ha trasladado un conflicto profesional y contractual hacia el ámbito penal y personal, y ahora soy yo quien tiene que responder ante distintas instancias por acusaciones que considero falsas.
Me parece especialmente importante dejar esto registrado porque existe una diferencia fundamental entre defender jurídicamente una posición y utilizar el peso de una denuncia, una amenaza de denuncia o una medida de restricción como mecanismo de presión dentro de un conflicto profesional.
Si consideran que he cometido algún acto ilegal, corresponde que lo acrediten ante las autoridades. Yo haré lo mismo respecto de los hechos que he señalado y de la documentación que conservo.
No voy a negociar mis derechos bajo presión ni voy a firmar documentos únicamente para poner fin a un conflicto que considero que debe resolverse conforme a los acuerdos existentes y a la legislación aplicable.
Este proceso también forma parte de la historia de Fénix, la leyenda.
Y mientras permanezca abierto, responderé por las vías institucionales correspondientes, con la documentación que tengo y sin aceptar como verdaderas afirmaciones que considero falsas.

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